domingo, 31 de julio de 2011

Con la miel en los labios...

Sábado noche en uno de mis clubes favoritos. Miradas cautivadoras por doquier y no era para menos... Digamos que mi vestido era algo más atrevido de lo usual. Me había armado con mis mejores tacones dispuesta a llevarme de calle al Adonis de la noche. Y allí estaba él: entró, inconsciente de su propia belleza, y se sentó a mi lado en la barra. Desde el principio me llamó la atención y supe que él era para mí, no podría ser de otra manera. Una simple mirada bastó para saber que debía acercarme a él. Puse una mano en su hombro y le pregunté que si le apetecía tomar algo conmigo. Aceptó encantado y nos pusimos a conversar: se llamaba Aiden, agente de bolsa, 35 años y soltero. Eso último me parecía más que increíble.
Conforme avanzaba la noche, él se volvía más y más interesante, pero la gran pregunta era... ¿Estaría interesado en mí? Desde que me había sentado a hablar con él no había habido ni una simple mirada furtiva a mi escote, ni una palabra fuera de tono, ni si quiera un simple roce de sus manos en mi pelo, NADA. Y yo de lo único que tenía ganas era de tirarme a su cuello... ¿Sería gay? ¿Estaría casado? Eso último era complicado, no tenía alianza ni marca de haberla tenido. Quizás yo no le parecía lo suficientemente atractiva, o atrevida... Y para eso último el remedio era sencillo. Cuando hubo un pequeño silencio de unos dos segundos, en los cuales nuestras miradas se cruzaron sin decir nada, le besé...Besaba genial, pero me apartó. Eso me dejó más que contrariada. Sin embargo, lo que me dijo después ya acabó de rematar la noche...Al parecer no era gay, ni estaba casado, ni era que yo no le interesaba...Era que no le interesaba NADIE. Era, al parecer, un término con el que yo no estaba familiarizada: asexualidad. Y yo me pregunto ¿es posible vivir sin ningún deseo sexual hacia nadie o hacia nada? ¿Está la vida completa sin esa pequeña satisfacción personal que se recibe como consecuencia del sexo? O, mejor aún, ¿se es más feliz sin ningún tipo de tensión sexual? Pensándolo fríamente (o sea, al rato, ya en casa, sin el calentón) ¿no sería más cómodo para cualquiera salir sin ver a los demás seres como objetos sexuales?
Sea como fuere, pasé la noche con él y no ocurrió nada entre nosotros, aún conservamos la amistad, pero aún me siento dolida cada vez que pienso que me dejó así, con la miel en los labios...

domingo, 10 de julio de 2011

Peter Pan el policía

               Mujeres, nunca os habéis hecho la pregunta de “¿qué hago yo saliendo con este crío?” Y es que al menos un 75% de la población masculina (y parte de la femenina) sigue teniendo un complejo de Peter Pan palpitante aún con unos treina y pico de edad. Ocultan esta faceta bajo trajes caros y vestidos atrevidos, pero en su interior siguen siendo unos adolescentes de 17 con las hormonas alborotadas. Pueden llegar a confundirnos y hasta a gustarnos, pero son eso, críos. Desde mi experiencia os digo que no es tan fácil distinguirlos...
               En una de esas noches en la disco en las que el panorama no es muy favorable y decido salir a echarme un pitillo me encontré con mi propio Peter Pan. Se acercó. Me pidió fuego y me dio una sonrisa a cambio. Se llamaba Joseph, treinta y dos, era policía y estaba con su primo de paso en la ciudad para coger un avión al día siguiente a Lisboa. Me presentó a su primo, al cual decidí presentar a mi amiga Kirsten, que estaba dentro intentando ligar con un camarero que no le hacía ni caso. Cuando estuvimos los cuatro fuera de la disco, él se sacó una bolsita de marihuana del bolsillo y lió un porro que nos fumamos entre los cuatro. No me gusta mucho la marihuana, pero bueno, por una noche... Después de hablar un rato me invitó a tomar algo dentro de la disco. Entramos, bebimos, bailamos y me pidió que le acompañara al servicio. Fui con él, me metió dentro del servicio y nos empezamos a liar. La verdad es que besaba bastante bien y su cuerpo era escultural debido a su profesión, pero yo no estaba interesada en pasar de un simple magreo. Entonces él sacó un condón y me quedé mirándolo confundida; le dije “guárdalo”, a lo que él contestó “mejor, sin él”... Eso nunca. Entonces le dejé claro que no quería hacer nada con él esa noche y se cabreó, ahí fue cuando lo vi: era igual que un adolescente de 17 con un calentón del quince al que le niegan una mamada. Parecía que no tenía su edad, parecía que seguía en plena pubertad, exactamente igual que un niño. Salimos del servicio y entonces pasó la escena más subrealista de la noche: intentó ligar con Kirsten, aunque ella ya había ligado con su primo y pasó de él. Fue entonces cuando decidí que ya había soportado bastante a ese crío toda la noche: nos despedimos de su primo y nos fuimos las dos. Antes de salir me giré para mirarlo y seguía con esa mirada de enfado e impotencia...
               Esa noche me fui de allí pensando ¿es posible quedarse tan anclado en una adolescencia algo insuficiente en el sentido sexual que, luego, al crecer, no se sale de ella sino que se tienden a repetir los mismos traumas y juegos por no haberlos tomado en dicha etapa?