jueves, 23 de junio de 2011

El abogado del Veneto

                Todo empezó una noche de discoteca, en la cual me hacía la típica pregunta que se repetía semana tras semana: ¿busco sexo o diversión? Mi cuerpo pedía diversión, pero mi vestido estaba claramente orientado hacia la atracción…Quizás acabara tomando un combinado de ambos, eso aún estaba por decidir. Decidí ir a un lugar con buen ambiente y me habían comentado que había un local nuevo con bastante glamour en el centro, así que allí fui. Avisé a mi amiga Liza y cogimos un taxi hasta el lugar. Mi amiga está comprometida con un artista al cual yo no le veo mucho futuro, pero bueno, si ella lo quiere… Entramos en la discoteca y fuimos a la barra a la caza de algún soltero interesante, pero el mercado aquella noche no era muy prometedor.  Tras una serie interminable de tíos para nada apetecibles mi desesperación llegó a su punto álgido, ¿en serio era posible que no hubiera nadie medianamente decente aquella noche en la discoteca? ¿Sería el dicho cierto y los que no estaban casados eran gays? ¿O quizás era posible que mis treinta y pico ya no interesaran a los “solteros de oro” de la ciudad? Entonces, justo cuando ya pensaba que me iría a casa con las manos vacías (y la cartera, porque el sitio además de nuevo era bastante caro), apareció ÉL: la mirada más arrebatadora que había visto en mi vida, combinada con una sonrisa hipnótica, amén de un físico que quitaba el hipo. Mi amiga por un segundo se olvidó de su novio, y yo me olvidé hasta de quién era. Se acercó hasta nosotras y me dijo la única frase que funciona para ligar (y esto lo tengo más que comprobado): “Hola, ¿cómo te llamas?”… Tras contestarle conseguí averiguar cosas sobre él: su nombre era Paolo, abogado, 35 años, del Veneto, con una importante trayectoria profesional y se hallaba en la ciudad por negocios. Eso último descartaba la posibilidad de algo más que una noche para recordar. Liza y yo nos fuimos a bailar mientras él miraba desde la barra. Yo quería que se acercara pero él parecía estar muy tranquilo en la barra. Cuando ya lo daba por perdido y decidíamos marcharnos, se acercó hasta nosotras y nos invitó a tomar algo en su piso. Mi amiga dijo que estaba muy cansada, pero yo acepté la oferta, así que me fui con Paolo paseando por su casa con las calles desérticas. El caso es que este hombre sabía conversar con una mujer, me mantuvo entretenida todo el trayecto, incluso me escuchaba. Llegamos a su piso (un ático fantástico del centro, con unas vistas increíbles de la ciudad), en el cual me hizo un tour para enseñármelo, acabando en el dormitorio. Entonces el abogado pasó a mostrarme sus dotes de Don Juan, no sólo en la habitación, sino por toda la casa…
                A la mañana siguiente me llevó el desayuno a la cama: zumo de naranja y tostadas (algo quemadas, pero al menos tuvo el detalle). Yo me despedí de él al rato, aunque él me suplicaba que me quedara. Aunque yo deseaba quedarme, mi mente sabía que no debía hacerlo: sólo había sido una noche, mejor conservarlo así, perfecto. Darle más tiempo e importancia a esa historia podría romper la magia de la noche anterior. No puedo decir que no sintiera nada, sin embargo, era sexo de una noche, ¿está prohibido no sentir nada? ¿Es completamente necesaria la ausencia de sentimientos? ¿Pretendemos protegernos de tal manera ante el dolor del desamor que deshumanizamos nuestras relaciones y las reducimos simplemente a la parte física?
                Lo cierto es que no volví a ver a Paolo, y tampoco creo que pudiera volver a verlo, porque yo soy frágil y lo prefiero así, en su perfecta fragilidad.

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